Sin un fundamento sólido, se ha repetido hasta la saciedad que el topónimo España viene de la raíz SPN, supuestamente "Lugar de conejos" en fenicio. Esta etimología se justifica con un texto ya romano: concretamente de Catulo, quien constata la abundancia de esos roedores en la tierra a la que el Imperio llamaba Iberia. Sin embargo, es discutible que haya habido hasta hoy alguna razón científicamente confirmable que relacione el texto de Catulo con la raíz fenicia. Además, al igual que el hebreo, el código fenicio omitía las vocales al escribir, lo cual da lugar a que SPN se preste a pingües interpretaciones. Cándido María Trigueros (1767) afirma que los fenicios no tenían palabra para designar al conejo, puesto que ellos desconocían este animal (¡?) antes de llegar a España. Aventura que este nombre más bien pudiera venir de "Sphan", que significaría "Tierra del norte" para los inmigrantes que llegaron desde África hablando ese idioma. Durante el siglo XIX y el XX se han propuesto otras etimologías para la palabra, todas con semejantes posibilidades de acierto. ¿Quiénes son "los españoles"? Por tanto, etimológicamente, España abarca también el territorio del actual Portugal. Así consta también en la definición más antigua de España que conservamos, muy anterior a la división de la Península Ibérica en dichos dos Estados, y que aparece en Las Etimologías, especie de asombrosa enciclopedia del saber medieval elaborada por San Isidoro de Sevilla (siglo VI). De hecho, todavía es posible leer literariamente "las Españas" (juntas, pero no revueltas) refiriéndose a todo el territorio abarcado por ambos países. Tras sesudas investigaciones, el erudito Américo Castro (1885 - 1972) concluyó que el gentilicio "españoles" no se forjó en castellano ni en ninguna otra lengua de la Península. Según él, los españoles nunca se calificaron de tales a sí mismos por propia iniciativa. Entre otras cosas, de haber sido así, la palabra castellana habría evolucionado a "españuelos". Parece que el adjetivo se introdujo desde el norte de los Pirineos, donde se originó para denominar a las gentes procedentes del sur de esa cadena montañosa. Tal y como hoy están conformados, España y Portugal son los dos Estados más antiguos de Europa. La frontera que los separa es, pues, la más antigua, además de la más larga entre dos naciones del continente, y la que menos conflictos ha tenido en función del tiempo que lleva existiendo. Lo cual es tanto mérito de unos como de otros, pues, como se sabe, llevarse bien o mal es cosa de dos. Y de la convivencia a la conflictividad. Desde el Renacimiento, el extremo atlántico de Europa ha sido consciente de su privilegiada situación estratégica, pero, al mismo tiempo, de sus comparativamente limitadas posibilidades en cuanto a recursos naturales propios. Es, pues, lecho común de varios Estados que, a lo largo de la Historia, han rivalizado por ganar preponderancia en el área, sabedores de que aquél que la lograse tendría mayores posibilidades de obtener un dominio universal que le permitiría acceder a una riqueza inalcanzable de otro modo. España, Portugal, Francia y Gran Bretaña han sido los principales competidores en esta pugna. A través del tiempo, las relaciones entre el primero y el último de estos cuatro han sido tal vez las más complicadas y tirantes; lo cual, afortunadamente, va quedando superado ya. El residuo de la llamada Leyenda Negra contra España constituye el ejemplo históricamente más duradero, del afán de estos Estados por desprestigiarse mutuamente con el fin de ganarse aliados en contra de los demás. Curiosamente, ninguna Leyenda Blanca ha conseguido contrarrestarla. Lo cual es evidente prueba, una vez más, de que lo malo cunde siempre sobre lo bueno... de nuevo mea culpa del ser humano. ¿No te lo crees? Seguro que has oído alguna vez el tópico de que los conquistadores españoles eran viciosos, feroces, inhumanos, explotadores, ávidos de oro y que prácticamente exterminaron al indio. En cambio ¿cuántos de los siguientes cuatro hechos conocías? Los imperios siempre han tendido a explotar a los nativos de las tierras conquistadas. Pero en el Imperio Español, los colonos que abusaran del nativo (de pueblos ya anexionados, sobre los que se tuviera jurisdicción, obviamente) lo estaban haciendo ilegalmente, ya casi desde el principio. Poco después del descubrimiento de América, la Corona dictó leyes considerando al indio pacificado como un ciudadano español con derechos y deberes iguales que los de los peninsulares (leyes que se conservan y pueden ser cotejadas en los Archivos de Indias). Por tanto, al contrario que en otros imperios modernos, cuyos legisladores no actuaron igual que en este caso, el abuso sobre los naturales de los territorios coloniales, una vez aceptada por ellos la ley española, no puede considerarse como el de una nación sobre otra, sino como el de unas personas particulares sobre otras. Desafortunadamente, claro que, como siempre ocurre cuando alguien, por ignorancia, desconoce sus fueros (no sólo en España), no faltó quien se aprovechara de su situación de superioridad propia. Lejos de confinar a los indios en territorios aparte como si se les considerara seres inferiores (animales, por ejemplo), los españoles no pusieron especial empeño en huir de la ocasión de mezclarse con ellos, y, lo que es más revelador, permitieron también que los nativos vinieran a hacerlo con ellos mismos, sin ningún prejuicio racial históricamente significativo. En Hispanoamérica se han dado, y siguen en marcha, un criollismo y un mestizaje que no halla parangón en cualquier otro choque de culturas de que tengamos crónicas.
La imprenta de España a América España fue la primera metrópolis que, además de haber exportado lo malo a sus colonias, lo hizo también con lo bueno. La imprenta, inventada hacia 1450, llegó a este país unos 25 años antes del descubrimiento de América (que fue en 1492, como sabe el lector). En 1536, ya llevaba varios años funcionando una en México. De aquellos primeros tiempos imperiales, hay noticias de imprentas en Perú (1580), Bolivia (1610) y Guatemala (1660). Durante el siglo XVIII, por supuesto, se produjo la gran expansión en América de ese vehículo de cultura.
La Universidad de España a América Otro tanto que de la imprenta puede decirse de la Universidad. Tan tempranamente como a principios del siglo XVI, ya había en Ultramar demanda cultural para ella. Se solicitó la correspondiente Bula Papal (éste era entonces un trámite habitual), que fue concedida, e inmediatamente se fundó la Universidad de Santo Domingo, la más antigua de toda América, en 1538.
No resulte extraño que el primer escritor oriundo de América en toda la historia hubiera escrito en español. Fue un peruano: el Inca Garcilaso de la Vega, nacido en Cuzco en 1540. Se ordenó sacerdote, y entre sus obras destaca Comentarios reales (1609), sugestiva recopilación de leyendas incaicas que de niño había escuchado contar a su madre y abuelos al amor de la lumbre. Falleció en Córdoba (España, donde tenía parientes: por parte de su padre era sobrino nieto del gran poeta toledano Garcilaso de la Vega), a donde se había venido por motivos de salud, en 1615 o 1616.
Curiosamente, Garcilaso de la Vega el Inca falleció el 23 de abril. Si fue, como a todas luces parece, en 1616, coincidiría de lleno con la fecha en que murieron también Cervantes y Shakespeare (vaaaaale, síííí, coincide la fecha pero no el dííiia, que los ingleses todavía no se habían pasado al calendario gregoriaaaano y bla, bla, bla... al final, ¿qué más da, si el 23 de abril, que es su aniversario, es ahora el mismo para todos?). Me pregunto por qué, a pesar de que todo el mundo se dedica a repetir hasta la saciedad la resabida chorrada cuya banalidad resalto entre paréntesis, nadie se acuerda ese día del fallecimiento de un escritor americano tan importante para la historia de la Literatura. Curioso, ¿no? Pensad, pensad.
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